Cuando trajimos a Vegas a la casa, yo venía arrastrando una ansiedad horrible que me hacía despertar a las 4 de la mañana (o antes) con ganas de correr y saltar por todos lados. Llevaba meses intentando descifrar qué me pasaba pero paralelo a ello mi cuerpo, desgastado, me entregaba señales de que colapsaría en cualquier minuto, estaba exhausto.

Vegas llegó con un montón de preguntas. Nunca había tenido un perro. Mi único compañero fue un gato llamado Kurt y falleció hace años de una forma tan trágica que a la fecha, si veo un gato, aún me duele un poco. Sin embargo, este no es un post de PERROS VS GATOS, es un post sobre cómo mi perro me ayudó y probablemente él todavía no se da cuenta.

Los primeros meses fue de reconocer que es un ser que está a mi cargo, en un minuto entré en pánico y sentí que había sido una mala decisión porque “CARO, NO TE HACES CARGO DE TI MISMA Y ESTE PERRITO AQUÍ, CON CARA DE BEBÉ”, pero ese fue el mismo remedio que me ayudó a orientar la energía en un ‘get shit done’, la experiencia de dejar de ser condescendiente conmigo misma, asumir la responsabilidad completa, comprometerse, finalmente, ‘hacer la hueá’.

Predicando con el ejemplo

Vegas impuso horarios a los que yo debía ajustarme. Sé que debo jugar con él todos los días, sé que debo sacarlo a pasear (y visitar sus pastos favoritos), sé que debo dejar el computador cuando es ‘TIEMPO DE CUCHARITAS’ y sé que los fines de semana son valiosos porque atención 100% personalizada, pero lo más importante, es que sé que me está esperando.

Squad Goals

Cuando llegaba a la casa, viviendo con mi mamá, tenía un ‘comodín virtual de quejas’, algo o alguien más a quién echarle gratuitamente la culpa del día, “Que se comieron mi yogurt favorito”, “La hora de viaje en metro”, “¿Dónde está mi polera que siempre uso y que obvio ahora no puedo usar ninguna otra?”, o no sé, simplemente era asumirme como un ameba adolescente y que el resto se haga cargo de mi pelotudez. Cuando vives sola, por el contrario, trabajas todos los días por ese balance ideal, de hacerte cargo de tu pelotudez y de aprender a estar contigo misma, en esa búsqueda, entra Vegas, quien a ratos me acompaña al baño, me sigue al dormir, me lame toda la cara, se pega a mí cuando duerme, depende de mí y yo de dependo de él porque me enseña a descansar, a caminar a su paso, a dejar de intentar controlarlo todo, a estar dispuesta a fallar.

Siempre miré con algo de recelo el cómo la gente ‘se chala con sus perros’, y es tan fácil, obvio que podemos charlarnos con algo/alguien que de por sí, viene a cambiarnos la vida con un argumento tan puro como lo es el cariño.

Si alguna vez, en un futuro, los perros saben leer, espero que a través de esto sepa lo incondicional que se ha vuelto en mi vida y en mi pequeña familia. A veces las cosas comienzan a pasar cuando dejamos de cuestionarlas, o en general, cuando dejamos de ser tan duros con nosotros mismos, si hay algo de 4 patas y un par de orejas gigantes que fue capaz de hacérmelo entender, hay muchos otros factores más esperando por ser descubiertos, así que si están en plena búsqueda, les envío un abrazo de refuerzo ❤️ (y un par de peos de Vegas, obvio, todo sirve).

¿Tienen historias con sus perrines? ¡Quiero mucho leerlas! Déjenlaaaas aquí 🐶.