Si te perdiste la primera parte, revísala aquí.

Landon acomodó los papeles, haciéndolos chocar un par de veces contra la carpeta, dejándolos perfectamente alineados al momento de devolverlos a ésta misma. –Bien, ¿cómo se siente hoy, Mr. Milford?- preguntó, igual que si estuviera conversando con un colega en la hora del almuerzo.

Su cara se mantuvo inmutable a pesar de no obtener respuesta; probablemente sabía de antemano que no se la sacaría tan fácilmente. –Le pregunto porque, según lo que dice aquí, y a menos que usted diga lo contrario…- explicó Landon, girando el rostro sutilmente para mirarlo a través de sus lentes. –Pareciera que se quiere dejar morir.-

Juntó las manos en su regazo, esperando igual de paciente que un felino momentos antes de saltar a su presa, inspeccionándolo con sus ojos verdes como si éstos pudieran ver a través de él.

-No.- se escuchó de pronto, la misma voz suave de antes. –Ésa… sería la salida más fácil.- sentenció el rubio, manteniendo su vista perdida, mas no por eso quitándole seguridad a sus palabras. –Lo fácil nunca es lo mejor…-

La satisfacción estaba impresa en las pupilas de Landon; había conseguido hacerlo hablar otra vez.

-Sin embargo…- continuó el doctor. –No ha ingerido alimento en dos días completos.-

Esta vez, el rubio movió un poco los labios, como si tratara de sonreír. –No puedo. Siento náuseas con sólo pensar en comida…-

-Eso no se le va a quitar hasta que coma algo.- interrumpió Landon, severo, con un toque de impaciencia. –Pasando a otro punto más urgente, tampoco ha dejado que le revisen las lesiones del incidente.- señaló, acentuando su aire implacable al dedicarle una seria mirada.

Aunque Seth no estuviera viéndolo, Landon supo que se dio cuenta de que prácticamente era un regaño lo dicho. Se mordió el labio, apretó la sábana débilmente, sin ser capaz de dejar salir su voz.

-¿Y bien?- insistió Landon pasados unos minutos. -¿Volvemos a mi primer diagnóstico?-

-No…- se apresuró a decir el rubio. Juntó los párpados, hablando en un volumen apenas audible. –No quiero que nadie me toque…- murmuró.

-Comprensible por una parte.-

Landon comenzaba a pensar en lo que había pasado ese chico. Lo veía temblar ligeramente, también intentar ocultarlo con las mantas. Seguía buscando su mirada perdida, reparaba en el corte bajo su ojo derecho e imaginaba lo que podía haber más allá.

Sería incorrecto hacer prejuicios, pero el muchacho que observaba no era un asesino.

-El problema es que es algo necesario, Mr. Milford.- prosiguió Landon, suavizándose lo más que pudo. –Si de verdad quiere mejorarse y salir adelante.-

-Sí quiero…- musitó Seth.

-Entonces va a dejar que venga la enfermera a ver sus heridas.-

-No.- terció, frunciendo el entrecejo, cosa que a Landon no le hizo mucha gracia y demostró pasando la mano por su rostro.

-Volvemos al mismo punto.- alegó.

El cabello de Landon, negro como una noche sin luna ni estrellas, cubrió sus ojos el tiempo que éste lo permitió antes de acomodárselo hacia atrás y volverlo a su posición original. Era algo que solía hacer para ganar tiempo en momentos donde se forzaba a pensar rápido, en un intento por no perder la paciencia.

Sólo se escuchaba la suave respiración de Seth cuando Landon se decidió a preguntar: -¿Me dejaría a mí hacerlo?-

Por vez primera se encontraron sus miradas; el muchacho había levantado la vista, con sorpresa, al oír la pregunta, fijando sus ojos azules por fin en quien le hablaba. Se mostró nervioso, aunque no en la misma manera alterada de minutos atrás. -¿Por qué?- inquirió, rompiendo el contacto visual.

-Porque no me termina de convencer la idea de que la salud de mi paciente se vea comprometida simplemente por un par de heridas sin tratar.- respondió él.

Se puso de pie, tomando su silencio como consentimiento, o talvez decidiendo que lo haría con permiso o sin permiso de su paciente. Fuera lo que fuera, Seth lo detuvo apenas dio un par de pasos. -¿Usted también cree que yo lo hice?-

-¿Haría eso una diferencia?-

-Sí, la haría.- dijo, con determinación. –Por favor conteste mi pregunta.-

-No, lo que yo veo es un muchacho perturbado por la reciente pérdida de su familia. No creo que lo haya hecho.- Landon fue completamente honesto, igual que habría sido en el caso de creerlo culpable, aunque el rubio no tenía cómo saber eso. –Y probablemente demasiado orgulloso para llorar en público.- agregó, de pie frente a la puerta, haciéndole unas cuantas señas a la enfermera.

-Tiene mejores ojos de lo que parece…- musitó Seth, sonriendo débilmente. –Pero no es tanto por orgullo.-

Landon dejó de tamborilear los dedos para dedicarle una mirada de reojo. -¿Por qué es, entonces?- inquirió.

-Los hombres no lloran, doctor.-

Ante la respuesta, Landon volvió la vista a la puerta, notando que la mujer se aproximaba a paso rápido con los instrumentos que le había pedido. –No, Seth, lo hacen cuando tienen que hacerlo.- sentenció tajante.

-Aquí tiene, doctor, ¿no va a necesitar asistencia?-

-No, gracias, Miss Halligan.-

Apenas iba a cerrar la puerta, casi en las narices de la tal Halligan, cuando ésta puso una mano para detenerlo. –Doctor…- comenzó a decir, tratando de ver al chico desde su posición sin dar la impresión de estar allí por curiosa. Luego, devolvió la mirada al hombre mayor. –Los de la policía preguntan si pueden venir a interrogarlo, ya que logró hacerlo hablar…-

-No.- dijo otra vez Landon. –No pueden hasta que yo dé la orden y, por favor, dígales que está prohibido observar por el espejo de doble vista a menos que lo autorice el doctor a cargo, cosa que yo no he hecho.-

-Sí, doctor.- asintió la enfermera.

Ilustración: Jenoveva EspinozaDescubre su portafolio y tienda online