En el transcurso entre una canción y otra, pudo escuchar el “tic-tac” proveniente de la bomba instalada en el bus que debía llevarlo a su casa. Era inconfundible, la tenía cerca, nadie más parecía oírla y asumió que podría explotar en cualquier momento. ¿Tendría un minuto más? ¿Cinco? ¿Diez?

La siguiente canción empezó fuerte y comenzó a marcar la batería con los dedos en sus piernas. La perspectiva de morir hacía que la disfrutara aún más. ¿De qué año era ese disco de Metallica? Ni idea, pero qué maravilla. Moriría feliz.

Aunque todavía le faltaba el final de Game of Thrones. ¿Cersei se quedaría con el trono? Ojalá que no, siempre le había tenido fe a Daenerys. También estaba el hecho de que hubieran atrasado el estreno de Persona 5, ahora nunca lo alcanzaría a jugar.

Tras negar con la cabeza, intercambió miradas con una señora que tenía al frente. Fue sólo un segundo y resultó suficiente para entender que había escuchado el “tic-tac”. Seguro más personas iban dándose cuenta, mas nadie se movía de su lugar.

Era habitual. Un método para controlar el crecimiento exponencial de la población. Y tenía mucho sentido, pues no podían quedarse esperando al próximo terremoto o guerra nuclear que acabara con una buena porción de las personas. Estaba consciente de que era eso, o dejar que el planeta siguiera muriendo. Incluso, estaba de acuerdo. Siempre que veía en las noticias alguno de esos “accidentes” controlados, daba las gracias a quienes los inventaron.

Así que le tocaba hacer su parte y esperar tranquilamente allí, como todos hacían. La canción aún no terminaba, habían pasado dos minutos. Pausó Spotify con la mano dentro de su bolsillo, como si debiera hacerlo en secreto.

Tic-tac.

Play a la música de nuevo. Qué lento era el proceso, hasta para eso su gobierno hacía las cosas mal. Su madre siempre lo decía. ¿Estarían bien sus padres y hermanas con la noticia? Creía que lo extrañarían, pero sabrían que era para mejor. Así fue cuando su tío murió en un vagón de tren descarriado.

Podría escribirle a alguien, tenía señal y batería en el celular. ¿Pero qué se escribía en esos casos? “Me tocó una bomba en la micro, te deseo lo mejor, juega P5 por mí”. Le parecía que despedirse sólo haría las cosas más tétricas. Y aquello era un trámite, una formalidad, a todos les sucedía. Todo el mundo debía morir. Valar morghulis.

Tic-tac.

¿Imaginó el sonido?

Comenzaba a parecerle injusto que fuera así de sorpresivo. Si hubiera sabido que le quedaban pocos días de vida, entonces… ¿Qué habría hecho diferente? ¿Qué podría haber cambiado su vida lo suficiente como para que valiera la pena?

Declararse, de seguro. Soltar esas palabras que tanto pánico le producían. “Oye, me gustas”. No daba tanto miedo pensando en sus últimos minutos. Ni idea qué le habrían respondido. Sí, no, ya daba igual. No estaría nunca más en la vida de esa persona, quizás ni siquiera le importaría su muerte al enterarse al siguiente día en clases.

“Siempre se me hacen cortas nuestras conversaciones”, le había dicho una vez. Y estuvieron ambos de acuerdo. El tiempo pasaba volando al estar juntos. Ahora pensaba en que nunca volvería a acompañarlo.

Tic-tac.

¿Y qué seguía luego de que muriera? Nunca creyó en el Cielo, ni en el Infierno, ni en nada espiritual como para pensar que volvería en forma de hurón. Casi deseaba haber acompañado más a su abuelo a la Iglesia, tener fe en la vida después de la muerte, porque la idea de ser “nada” era realmente aterradora.

La bomba explotaría, habría fuego, quizás una luz como en los animés. Y después… nada. Ni siquiera “negro”, únicamente nada. La nada como no la podemos imaginar, porque siempre imaginamos “algo”. Simplemente dejar de existir, nunca más ser.

Tic-tac.

Repentinamente, el corazón se le aceleró y se atrevió a mirar a su alrededor. ¿Acaso nadie más estaba nervioso? ¿No les quedaban asuntos sin resolver? ¿Ni una sola vieja rezando? ¿Tan internalizado lo tenían?

¿A nadie le importaba?

Empezaba a costarle respirar. La bomba aún no explotaba, era la adrenalina recorriéndolo. No había suficiente aire en ese lugar y no quería morir.

No todavía.

Eran pensamientos peligrosos. La gente no debía escaparse llegada su hora. Sería apuntado, perseguido, marginado… El tipo que tuvo miedo, el que no se sacrificó por los demás, el egoísta, el antiplaneta… Podía imaginar lo que sería su vida como la lacra que desafió las medidas globales, pero hasta eso era mejor que pensar en la nada misma.

Tic-tac.

Sintiendo las manos temblar, buscó la salida de emergencia. Debía romperla de alguna forma, intentarlo al menos. Si habían agentes de la policía afuera, terminarían el trabajo disparándole, lo cual también le asustaba. Era su instinto el que no le permitía sentarse a escuchar música mientras esperaba su destino.

Algunas personas lo observaron con mala cara, las otras seguían ensimismadas. Tal vez sí rezaban, en silencio, para que no dejar en evidencia su cobardía como él. Era una vergüenza, realmente.

Le pareció que alguien le gritaba cuando tomó el martillo para romper la ventana, mas el sonido de la explosión le hizo imposible distinguir sus palabras.

Y aquello fue lo último que pudo oír.

Ilustración: Jenoveva EspinozaDescubre su portafolio y tienda online