Mimi siempre pensó que conoció a Riri en la peor de las circunstancias.

Hmi Hmi (o Mimi para simplificar, ya que nadie fuera de Corea entendía las H mudas) era una persona estructurada que creía firmemente en planear un 90% e implementar un 10%. Era capaz de pasar horas buscando la mejor solución a un problema, dándole vueltas, imaginando escenarios y consecuencias; eso la ayudaba con las cosas más complicadas de su vida y hacía extremadamente complejas las simples, pero lo prefería así, pues su método nunca le había fallado.

Tampoco podía evitarlo, era parte de su naturaleza. A los cinco años hizo su primera lista de pros y contras, que resultó ser un método fascinante para decidir entre pedir un pony o un set de magia para Navidad (al pony podía montarlo y cepillarlo, pero con el set de magia seguro aprendía a volar). A los diez se convirtió en la primera estudiante en pedir una cita con la directora de la escuela para hablarle de horarios más eficientes de clases, ahorro de tiempo en rutas escolares de los autobuses y la posibilidad de incluir análisis y escritura de runas élficas en la malla (dos de tres aceptadas e implementadas).

A los dieciocho le tocó tomar una de las decisiones más importantes de su vida: ¿qué estudiar? ¿A qué dedicarse por los próximos cinco años? Es decir, ¿por el resto de su vida?

Demás está decir que fueron meses. Su habitación parecía la de un detective obsesionado con resolver un crimen, llena de recortes de folletos e impresiones de mallas curriculares, además de títulos de artículos hablando de las carreras más lucrativas, desde “cinco cosas que no sabías de la programación” hasta “campos laborales en que faltan mujeres”. Tenía todo agrupado por tema: diversión, remuneración, competitividad, complejidad, duración, distancia de la universidad a casa… Cada factor que pudiera influir estaba allí reflejado y se daba cuenta que ninguno pesaba más que otro, no había una decisión “perfecta”.

Incluso pidió opiniones a cada uno de sus profesores sobre dónde la veían en diez años más y aún así no era capaz de decidir. Le escribían estupideces como “lo que te propongas lo conseguirás” y “sigue tus sueños”. Ella necesitaba algo concreto.

Lo único que sí sabía era cómo quería estar: satisfecha con su propio éxito. Daba igual por qué área se fuera, su única meta era ser exitosa en eso. Exitosa para sí misma y para los demás, debían reconocerla o no tendría sentido el esfuerzo.

Al encontrarse en un callejón sin salida, Mimi decidió volver atrás y comenzar desde cero: lo que siempre hacía ante un problema, era recopilar información. Quizás necesitaba más.

¿O menos? Eliminar toda la que tenía y quedarse con la que le dieran en la próxima feria vocacional. Con eso solían decidir los estudiantes, ¿por qué ella no?

Se entretuvo imaginándose actuando como alguien de su edad, haciendo preguntas como si no hubiera estudiado ya las respuestas o pretendiendo que le interesaban las fraternidades para escoger su universidad. Ésa última no estaba segura de poder decir sin comenzar a reír de lo ridículo.

Llegado el día de la mencionada feria, hizo de todo menos reír. Para alguien como Mimi, todo tipo de situación inesperada o cualquier error era algo que podía exasperarla y ella solía tratar de tener paciencia, pero ese día en particular se sintió en un espiral de malas decisiones y, de plano, mala suerte.

Por un lado, tenía las cosas causadas por ella: la alarma que ingenuamente puso a las 5:30 de la mañana para tener tiempo de arreglarse, desayunar y salir con calma de su casa, llegando a las 8:50 al evento que comenzaba a las 9:30. Mala decisión. Bastó con que se equivocara y apretara “apagar” en lugar de “snooze” para que le dieran las 8:30 y tuviera que salir, corriendo, sin comer y sin siquiera tener tiempo de ponerse sus lentes de contacto en lugar de esas gruesas gafas negras que detestaba.

Y por el otro lado, estaba lo que ya no podía llamar otra cosa que mala suerte: que el bus no pasara, que se le quedara el celular en casa, que no tuviera dinero suficiente para un taxi, todas cosas que la obligaron a tomar el metro y tener que correr los últimos 10 minutos al bajarse para alcanzar a llegar a la hora.

Ya el día había comenzado mal. No se sentía como ella misma así de desorganizada, poco preparada, sin control de la situación. No, Mimi siempre estaba al 100% y cualquiera que dijera lo contrario era un sucio mentiroso.

Le parecía un mal sueño, en especial por cómo comenzaba a sentirse con cada nuevo puesto al que se acercaba a preguntar por una carrera; ¿cómo era posible que estuviera más confundida y abrumada que al inicio? Aquello tenía que darle claridad, ayudarla, no dejarla peor. Incluso sentía que las manos le transpiraban y le dolía el estómago.

Miraba alrededor y nadie parecía estar tan sofocado como ella. Se veían curiosos y emocionados, no aterrados. En cambio, a ella empezaba a costarle respirar y recordó algo que leyó en Wikipedia sobre los ataques de pánico, que había desestimado con escepticismo como un invento de los tiempos modernos.

Probablemente estaba teniendo uno de esos justo en ese momento y a lo único que atinó fue a buscar un lugar más abierto, porque sentía que las paredes de los pasillos intentaban aplastarla.

Llegó hasta una cancha de algo que no le interesaba y aunque creyó que la calmaría, la puso más nerviosa. Lo que le dio alivio fue esconderse bajo las gradas y abrazar sus rodillas, ocultando el rostro en ellas. Allí se permitió hacer algo que se prohibió desde los doce años: llorar.

Las lágrimas caían por su rostro y sólo podía preguntarse qué clase de sádico ideó que una debiera decidir todo su futuro de una vez, a tan temprana edad. ¿Qué iba a pasar si se equivocaba? ¿Se convertiría en una de esas historias de “y se cambió de carrera, con lo caras que son”? ¿Y si escogía algo demasiado difícil y reprobaba? ¿Y si era muy fácil y no la llenaba, y la gente empezaba a decir que era una holgazana?

Todas las posibilidades seguían haciéndola llorar y no era un llanto bonito. Sus gafas estaban empañadas y mojadas, sus ojos hinchados y hasta había empezado a tener esos espasmos como de hipo de los que ni siquiera se acordaba. Le preocupaba dejar de respirar correctamente.

Y allí fue que apareció Riri. Henrietta, pero Riri para los amigos, “así como le dicen a Rihanna”.

– Amiga, ¿qué te pasó? – fue lo primero que le dijo, sentándose junto a ella en el pasto.

Mimi no supo por qué contestó como lo hizo, teniendo en cuenta que detestaba a la gente entrometida y más aún a quienes decían cosas como “amiga” a desconocidos. Sin embargo, soltó todo sin filtro alguno.

– ¡No sé qué estudiar, no sé nada, soy un fracaso y ni siquiera he empezado la universidad! ¡Tendré el récord Guinness de los fracasos! ¡Y luego otro fracasado me lo quitará y no tendré ni eso! –

La risa de la otra chica la hizo levantar la mirada para encontrarse con la perfección misma. Largo cabello rojizo, atado en un moño tan grácil como imperfecto, ojos almendrados, pestañas largas, maquillaje aplicado con una precisión envidiable y pequeñas pecas que se asomaban en el puente de su nariz. La ropa que llevaba puesta, un sencillo vestido blanco con una chaqueta de jeans, parecía hecha sólo para ella.

No entendía cómo alguien podía verse tan bien y tan simple a la vez, pero decidió allí mismo que así quería ser. Y su decisión no cambió cuando la chica le dio su opinión.

– Mira… no te conozco y no me has pedido consejo, pero te lo voy a dar de todas maneras: haz las cosas a tu ritmo. Si aún no estás lista para elegir, no lo hagas, tómate un año sabático. – se encogió de hombros. – Puedes trabajar, o tomar un bachillerato en algún área que te interese para después elegir… Hay muchas posibilidades, entrar a la universidad de inmediato no es la única. –

Y selló esas hermosas palabras con una sonrisa.

– ¿Qué te parece? – preguntó la pelirroja luego de un largo silencio, dado que Mimi olvidó cómo comunicarse. – Vamos, no dejes que esto te gane. – la animó, acercándose a limpiarle el rostro con las mangas de su chaqueta.

– Bien… sí, bien… gracias. – consiguió pronunciar y aunque por dentro pasaban miles de cosas que quería decirle y preguntarle, se decidió por la más sensata: – ¿Cómo te llamas? –

– Riri. ¿Y tú? –

– Mimi. – contestó, sonrojándose por la expresión de sorpresa que puso.

– ¡Qué coincidencia! ¿Crees en el destino? –

Mimi no contestó esa parte y dejó que Riri siguiera hablando, pues comenzó a guiarla de vuelta a la feria vocacional. Allí supo que ya estaba en segundo año de diseño gráfico y era parte de ese evento, pero se había escapado al ver pasar un gato en dirección a las canchas, porque le encantaban los gatos.

Desde ese día, Mimi empezó a creer en el destino.

Ilustración: Jenoveva EspinozaDescubre su portafolio y tienda online