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No hubo palabras en su cabeza para describir el aroma acariciándole la nariz. Era todo. En el instante que lo percibía, le daba la sensación de que nada más en el mundo merecía su atención. Era todo lo que podía necesitar. Si ese olor seguía saciando su olfato, estaría bien; estaría completo.

Y pese a esa emoción, el resto de sus sentidos se encontraban igual de encantados. Envenenados, hechizados, incapacitados de hacer otra cosa que admirar el cuerpo aprisionado bajo él. Sus dedos recorrían la blanca piel una y otra vez, sin detenerse, sin preocuparse por el lugar que tocaran, sin prisa alguna, ansiosos al mismo tiempo de continuar descubriendo. Sus labios pedían más con cada beso que daban, no conformes con tan sólo el sabor que quedaba en ellos, queriendo probar hasta el último rincón de esa boca. Exigían más en cada beso.

Algunos sonidos fugitivos lograban llegar a sus oídos, desafiando la presión que él ejercía. Lo embrujaban aún más. No el ruido que hacía la ropa al ser aventada, ni el de su cuerpo frotándose contra el otro. Los que le provocaban ese cosquilleo escapaban del desesperado beso; escapaban de sus labios, de los labios de ambos… Eran exclamaciones de placer, peticiones de no detener aquello nunca. Incluso promesas de amor. Y, sin embargo, sus ojos podían seguir fijos en ese azul maravilloso. Un azul prometedor como el del día más despejado.

-¿Me… va… a tomar?- escuchó la voz del rubio, algo temblorosa, mientras su propia mano se alzaba para acariciar ese cabello tan distinto al suyo.

-No.- se oyó decir él en respuesta. –Tu cuerpo no lo soportaría…Sólo… Quedémonos así… un poco más…-

Yaciendo desnudos en el suelo.

Cuando despertó por la mañana le sorprendió tan sólo la acción, que implicaba el estar dormido en primer lugar. Pestañeó dificultosamente, sintiendo los párpados más pesados cada vez que los separaba e intentó recordar algo de la noche anterior mientras se desperezaba.

Traía el pijama puesto, estaba en su habitación y muy ordenadamente dentro de su cama y sábanas, lo cual quería decir que él mismo se había metido allí. El asunto era responder cómo.

Recordó, de golpe al sentarse en la cama, haberse dormido frente a la televisión en la Sala de Estar. Eso le ocurría bastante a menudo, pero no solían ser más que siestas de veinte o treinta minutos, ¿acaso esta vez había sido más? Pues evidente fue la respuesta mirando el reloj que anunciaba las diez de la mañana.

Increíble sería, mas había dormido la noche completa.

Más raro todavía, según él, era el despertar tan escandalosamente tarde. ¿Diez de la mañana? Salve, oh, gran Reina Isabel II, porque él jamás de los jamases se habría imaginado durmiendo hasta tarde, ¡encima en día de semana! Tenía que ser algún maravilloso duendecillo británico de la arena el que le hubiera hecho dormir justo el día que no trabajaba en el hospital. Técnicamente el único día de descanso, porque bien sabido que un médico nunca deja de trabajar del todo.

Tuvo que recordarse el juramento Hipocrático cuando la tonada de su celular (por supuesto, una agradable y mecánica versión del himno inglés) se hizo presente tanto en su habitación como en medio de su principio de jaqueca. La llamada provenía del hospital, lo cual era de esperarse tomando en cuenta la escasa vida social de Landon.

-¿Dr. Hart?- resonó la voz en el aparato, demasiado aguda y elevada en volumen para el gusto de Landon, que no alcanzó a contestar más que un monosílabo antes que la muchacha prosiguiera. –Disculpe que lo moleste, pero pidió que le avisáramos de cualquier suceso fuera de lo común con respecto a sus pacientes.-

-Sí, está bien…- hizo una pausa de medio segundo en la que su mente trabajó al 110% para dar con el nombre de la enfermera en cuestión. –Christine. Adelante, ¿qué ha pasado?-

-Veamos…- se hizo presente el típico ruido que producen las hojas de papel al rozarse unas con otras como cuando se revisa una agenda o libreta. –El paciente de la habitación 174, Arthur Evans, parece haber olvidado su historia de que ha visto al dios de la muerte y que puede matar personas escribiendo nombres en su cuaderno.-

-Oh, eso puede ser bueno, siempre y cuando averigüemos las causas y si es verdad que lo ha olvidado o si más bien quiere olvidarlo…- Landon hizo sus propias anotaciones respecto a lo que la enfermera decía. –Continúe.-

-Bien, el paciente de la 131, Jim Rose, amenazó de arrancarse un ojo con la cuchara del desayuno. Esto nos trajo problemas durante el tiempo que tardamos en quitársela, pero luego de eso pareció calmarse.-

-No me sorprende, Rose tiende a querer llamar la atención de esa forma. La próxima vez no hagan un gran alboroto respecto a él y llévenle cubierto de plástico, por si acaso.- resolvió Landon.

-Sí, doctor. Eso es todo.- finalizó la muchacha, soltando al instante una exclamación que decía claramente que había recordado algo. -¡Ah, también estaba el paciente de la 404!-

-¿Seth Milford?- se apresuró a interrogar mientras adoptaba una diferente postura para sentarse.

-Ajá, el que está investigando la policía.-

-¿Pasó algo con él?- insistió Landon, en vista de que la enfermera no parecía entender la urgencia del asunto. –Cualquier cosa puede ser importante.-

-Pues sí, esta mañana habló con el personal. A primera hora de la mañana le solicitó a la enfermera que fue a revisar su temperatura y presión, un cambio de vendas y una ducha. Aunque no dejó que la enfermera lo realizara y pidió hacerlo solo, así que queríamos consultarle si es que lo autoriza, porque el chico está en observación y…-

-No, es de hecho un muy buen signo.- asintió Landon, muy aliviado por lo demás de fuera un avance y Seth se encontrara bien. –Tiene mi autorización, sólo que una de ustedes espere afuera por si llegara a pasar algo. Y proporciónenle todo lo que necesite, yo estaré allí en media hora.-

-Pero doctor, usted no trabaja hoy…-

-Gracias por su reporte, Christine. Hasta luego.-

Por supuesto, la enfermera arqueó una ceja cuando escuchó el insistente pitido indicándole que le habían cortado la llamada y, obviamente, recibió la indirecta de que aquello no era asunto suyo ni algo que le fuera a explicar el Dr. Hart, lo cual no era de sorprenderse; vaya que era difícil tratar con ese hombre, parecía hecho de piedra. Una muy difícil de romper, algo hostil y sin puntos débiles a los que apuntar. Aunque, y no sabía bien por qué, presentía que detrás de esa corteza irrompible se encontraba un material mucho más blando.

Fue imposible no preguntarse si aquel muchacho Milford portaría un taladro.

Ilustración: Jenoveva EspinozaDescubre su portafolio y tienda online