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Insomnio es básicamente la incapacidad para dormir. Todo el mundo sabe eso. Pero, a pesar de la creencia popular, no es cosa de pasar una mala noche o no poder juntar los párpados durante dos días; el verdadero insomnio va más allá de tener algo de sueño.

Se trata de un estado de somnolencia constante, de pasar semanas en vela, de únicamente dormir unos minutos para despertar en los lugares más inusuales, sin saber cómo se llegó a ellos. Es, en pocas palabras, nunca estar completamente dormido ni despierto: el limbo.

Landon sabía más de lo que decían los libros acerca de esta enfermedad, y no debido a los pacientes sufriéndola que pudieran consultarlo por ser un Psiquiatra, sino porque él mismo la padecía. La causa vendría siendo un estrés no manifestado a nivel subconsciente, según su propio análisis. Podría haberse automedicado, por supuesto, mas teniendo tanto conocimiento farmacéutico, sabía de antemano los efectos secundarios, más precisamente adictivos, que poseían los inductores de sueño.

Lo que necesitaba era sencillamente una buena noche de sueño natural.

Disimulando un bostezo fue que puso el primer pie dentro del hospital esa mañana; apenas puso el segundo, comenzó su ajetreado día.

Una enfermera le entregó la ficha de un paciente justamente en la entrada, cosa que a Landon le pareció de mal gusto puesto que todavía no iba siquiera a marcar su llegada. Luego, por el pasillo, otra enfermera se le acercó con más antecedentes del mismo paciente, cuya ficha aún no revisaba. Y nada más al querer terminar ese pasillo, una tercera enfermera le entregó otra parte de la dichosa ficha de aquel paciente desconocido, además diciéndole que tenía que ir a verlo en ese preciso momento.

-¿Por qué tanta urgencia con esta persona?- preguntó Landon, deteniendo la carrera que había emprendido la enfermera número tres.

-Ah, es que la policía está aquí, doctor y… Pues, verá, quieren hablar con él y necesitan que un médico lo autorice antes, por eso que, como usted llegó primero…-

Landon enarcó una ceja, visiblemente fastidiado con la información. –Espero que no me hagan perder el tiempo con otro chiquillo deprimido tratando de suicidarse…- sentenció, reanudando la carrera.

-No, doctor, esto es distinto.- comentó ella, indicándole la habitación correspondiente, que se trataba de una diseñada especialmente con alta seguridad para pacientes peligrosos o importantes, y abriéndole la puerta tras ingresar la contraseña. –Él es sospechoso de un caso… Creen que mató a su familia.-

Esa última frase retumbó en su cabeza al momento de entrar y encontrarse con el chico en cuestión. Parpadeó un par de veces, la luz estaba fuerte allí dentro, por lo que le costó un poco enfocar la silueta. Se trataba de un chiquillo, en eso había tenido razón, no podría tener más de diecinueve años… Bueno, dieciocho, según decía la ficha que ahora tenía oportunidad de ver. Cabello rubio, ojos azules y perdidos en algún punto indefinido, entrecerrados probablemente por la molesta luz. Su contextura se veía, francamente, frágil.

Caminó lento por estar leyendo, sentándose en la silla que se encontraba próxima a la cama donde descansaba el muchacho. El suceso constaba de apenas unos dos días; el rubio frente a él se trataba de nada más y nada menos que Seth Milford, evidentemente perteneciente a la reconocida familia Milford. Reconocida en Inglaterra más que nada, pero reconocida al fin y al cabo. La policía lo había encontrado en la mansión, según contaba el reporte que aún no salía a la luz pública, junto a los cadáveres de toda su familia. Era el único que todavía respiraba y, de hecho, sus heridas eran bastante leves en comparación a las puñaladas que exhibían el resto de los cuerpos.

Landon dejó de lado el informe policial para seguir con el médico. Seth no había hablado una sola palabra desde el incidente, así como tampoco se le había visto llorar ni demostrar tristeza en ninguna manera. No había comido, ni dormido. La única acción que había realizado, motivada por una profunda ira al parecer, fue tratar de golpear a uno de los policías el día anterior, razón para que lo derivaran a un centro psiquiátrico.

El silencio imperante en la habitación se vio súbitamente interrumpido por una voz suave, aunque ronca. -¿Es usted uno de ellos?- inquirió el chico, haciendo gala de un riquísimo acento británico. -¿Otro de esos policías norteamericanos haciendo preguntas insidiosas?-

-No, Mr. Milford.- repuso Landon, en el mismo acento con que le habían hablado. No lo imitaba, él también era nacido en Inglaterra y lo debía hacer notar. –Soy médico en este hospital. Mi nombre es Landon Hart y desde ahora usted está a cargo mío, estoy aquí para asegurarme de su condición.-

Por más que le pareció descortés el no recibir un ‘mucho gusto’, como mínimo, de respuesta, la atención de Landon se fue una vez más a la ficha. En ella se especificaba el hecho de que el muchacho había estado guardando silencio, sin contestar a nada que se le dijera, de una manera desconcertante. Por lo tanto, el que hubiera hablado por su propia voluntad, aun si era debido a su molestia, estaba mostrando un avance. Ligero, sí, pero esperanzador.

Ilustración: Jenoveva EspinozaDescubre su portafolio y tienda online