PARTE 1

Caminaba con la urgencia grabada en cada paso. No creía en el destino, pero tampoco en las coincidencias; si él estaba prácticamente corriendo por esa concurrida calle, debía de haber un motivo para ello.

El corazón le latía frenético, impaciente, a punto de estallar producto de la emoción. Percibía cómo la adrenalina se propagaba hasta el más mínimo rincón de su cuerpo conforme ganaba cercanía con su objetivo. Estaba consciente de las miradas que le daba la gente al ser empujada por él en su carrera, mas no pensaba que pudiera interesarle menos. En ese momento, en ese preciso instante, no hubo nada más importante que encontrarlo.

Tenía que encontrarlo.

Maldijo tanto por dentro como por fuera la luz roja del semáforo. No hizo tal estupidez de cruzar una calle mientras los automóviles estaban en movimiento; ponerse en riesgo tampoco era la idea. Aunque morirse atropellado a metros de alcanzarlo sería deliciosamente irónico.

Estaba ansioso.

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Fue un día de Junio. Prometió recordarlo siempre por el agradable frío que lo invadió en algún momento del viaje. Le gustaba el frío. Quizá demasiado y sin explicación aparente, pero le gustaba. Traía recuerdos a su cabeza a la vez que se los quitaba; era la misma sensación de cuando se formaba un cuenco con la mano para intentar retener algo de agua y se veía, entristecido, cómo ésta se escurría entre los dedos para caer al suelo. Extrañamente ese nublado, pero armonioso, día de Junio, él no tuvo nada que recordar y lamentar olvidar.

Si alguien se interesaba, había ido al pueblo a abastecerse. Su casa estaba algo apartada de, lo que se podía llamar, el centro urbano. Y eso le resultaba agradable; tener tiempo para sí mismo, poder leer, fantasear, no trabajarle a nadie… Aunque, por supuesto, tenía sus imperfecciones, en especial para un adolescente como él. A veces (¡sólo a veces!) la soledad lograba ganarle, perdiéndolo en un agujero de desesperación del cual costaba demasiado salir.

Familia no tenía, tampoco recordaba tener. No lo comprendía, ¿dónde estaban sus padres? ¿Sus abuelos? ¿Algún hermano, primo, tío…? De lo único que se acordaba, era de haber sido criado por una señora de bastante edad, que varias veces se tomó la molestia de dejarle bien en claro que ella no era su madre y no sabía nada de su familia. Nunca pudo sacarle una sola palabra sobre cómo había llegado hasta allí. Cinco años convivió con ella, hasta que murió y él tuvo que ser capaz de sobrevivir por sí mismo.

Por cierto, él sí poseía un nombre. Era Joshua. Un bonito nombre, si se lo preguntaban a él.

Cada vez que iba al pueblo, lo hacía con la secreta esperanza de conocer a alguien. Quién fuera no le hacía mayor problema: hombre, mujer, niño, niña, anciano… Sólo alguien. Pero parecía una maldición. Siempre arribaba en mal momento; en medio de la noche, en medio de un anuncio de tormenta (o de la tormenta en sí) o en período de huelgas. No había nadie en las plazas, ni calles, sólo tenía oportunidad de conversar con quien le vendiera lo que necesitaba. Y esos comerciantes siempre lo miraban con frialdad, talvez porque hablar con él significaba perder tiempo y el tiempo siempre ha significado dinero.

No obstante, ése, ese hermoso día de Junio, Joshua vio a alguien. Un alguien que, supo en su interior, se encontraba solo como él; sentado al borde del camino, esperando a que lo recogieran. O esa impresión daba, puesto que tenía la vista perdida en alguna parte que sólo él conocía.

A medida que se acercaba, distinguió una expresión francamente patética, en un cuerpo cuya condición le hacía justicia con aquellas ropas desgastadas y marcas de heridas sin sanar, demasiado visibles y expuestas al frío de ese día. Era lo que se llamaba un cachorro abandonado. Y, a pesar de ello, sintió que le temblaba el labio al momento de dirigirse a él.

-Disculpa, ¿vendrías… conmigo?-

El chico contempló primero la mano en su hombro, para después alzar la vista hacia el rostro de Joshua, quien admiró casi hipnotizado una tonalidad tan amarillenta como verdosa en los ojos que lo analizaban, tan sólo pudiendo despegar su atención cuando apreció un amago de sonrisa.

Ilustración: Jenoveva EspinozaDescubre su portafolio y tienda online