Por @CelesteJaviera

Don’t judge each day by the harvest you reap but the seeds that you plant.

—Robert Louis Stevenson

Por fuera me parecía hosco, huraño, nervioso. Su caminar indicaba un estado deplorable, pero ¿quién puede verse bien viviendo en la calle?

No cruzamos miradas. Lo vi escondiéndose entre los autos estacionados. Se ocultaba de los demás, pero también de cualquier superficie que reflejara su condición. Se escondía de sí mismo. Al llegar de vuelta de mi paseo de rutina, lo vi comiendo en el suelo.

La única razón por la que puedo decir que era la mejor comida que había probado en mi vida es porque de mi vida ya solo tenía algunas escenas. Esas escenas estaban llenas de muchas cosas, pero pocas de ellas eran recuerdos de alimentos.

Ahí estaba yo, entre los autos estacionados, sin reconocerme a mí misma y casi sin poder caminar, cuando pasó un joven alto con un cigarrillo. Cruzamos miradas, la mía era de hambre, no pude descifrar la suya. Algo murmuró sobre una cita, abrió un recipiente plástico y vació su contenido en una vereda más allá. Eran fideos con salsa blanca y atún. A los veinte segundos me encontraba con la nariz metida dentro, para que el alimento quedase lo más cerca posible de mi boca. Si hubiera podido acortar el camino hacia el estómago, probablemente también lo habría hecho.

Lo vi y me pregunté si alguna vez he sentido hambre. No me refiero a la que se pasa a los diez minutos. No esa que superamos echando mano a algún tentempié.

Hambre. Esa que te hace salir de tu escondite para tirarte de cabeza a las sobras rancias de alguien que iba pasando.

No, no había sentido hambre. En ese momento supe que, si estaba en mis manos, no dejaría que él la siguiera sintiendo.

Lo llamé. Me miró. Me di cuenta que no era él, sino ella. Que el tamaño de su cuerpo -menudo y poco desarrollado- no solo me hicieron confundir su sexo sino también su edad. Era muchísimo mayor a lo que prejuzgué.

Y con una mezcla de culpa y generosidad, la hice pasar.

Las enfermedades eran tantas que apenas las podía contar. Como dejé de comer, mi sistema digestivo completo también dejó de funcionar. Y no fue una opción, no. A falta de mejores alternativas, me pasaba rumiando lo que encontraba, lo que en su mayoría se trataba de pedazos de neumáticos de camión, que revolucionaban mis jugos gástricos manteniéndolos entretenidos con la ilusión del alimento, y con un alto costo para mi dentadura. Mi corazón tampoco andaba bien, pero eso era lo de menos. Había dejado de controlar mi esfínter, pero consumía tan poca agua que daba lo mismo.

Al mirar a la mujer, no supe descifrar su intención. Me llevó a su casa, y yo solo podía pensar: ¿sabrá que vivo en la calle? También me pregunté si sabría quién era yo, pero era algo que no era capaz de contestar. Lo olvidé hace mucho tiempo.

Entramos, encendí la estufa y traje alimento y un par de bebidas calientes. Estuvimos mirando la luz del calefactor durante varias horas, no sabría decir exactamente cuánto tiempo pasó. Nos mantuvimos en silencio, compartiendo pensamientos que estoy segura se entrelazaban sin necesidad de palabras. Logramos una comunión de hermanas, de amantes, de amigas de hace siglos. Nos entregamos el afecto que las dos necesitábamos, y fueron los momentos más felices de mi vida.

Mi cuerpo no se sostuvo. La lluvia que arreciaba afuera me habría arrebatado la vida de manera cruel y solitaria, pero el estar ahí dentro me hizo pensar que si era posible sentir ese nivel de bienestar ahora, entonces era como tener una pequeña muestra del paraíso, antes de conocerlo.