Tengo 7 años. Estoy con dos primas, una de mi edad y otra lo suficientemente mayor para que la considerara cool e intimidante. Por algún motivo se ríen de mis pantys, así que respondo con una frase que escuché en una serie: “¿acaso me vestí como en el siglo XX?”; por supuesto tengo 7 años y no sé nada de siglos, ni que debería haber dicho XIX para tener un grado mínimo de efecto cómico. Ellas se miran, se ríen y me aclaran: “Karen, estamos en el siglo XX”. Nunca vuelvo a decir un hecho sin chequearlo tres veces antes o decir “me parece que…” aunque esté completamente segura.

Tengo 10 años. Estoy en una fiesta (todo lo fiesta que puede ser un grupo de pendejos de 10 años escuchando Spice Girls). Hacemos una formación donde hay una fila de mujeres bailando con una fila de hombres al frente, todo muy ordenado. Estoy muy consciente de mi cuerpo. Si muevo los brazos así, ¿es raro? ¿Qué pensará el tipo (niño) al frente mío? ¿Por qué todos saben cómo moverse, me perdí alguna clase? Nunca miro a los ojos al tipo.

Tengo 12 años. La profesora de química llamó a mi mamá al colegio por algo que hice. Mi mamá pregunta: “¿fue irrespetuosa, dijo algo?”. La profesora contesta: “No, pero es que me miró con una cara…”; mi mamá no insiste, sabe a qué cara se refiere. Yo no tengo idea de nada.

Tengo 17 años. Estamos en educación física, en el colegio número 6 al que me tocó asistir por el trabajo de mi papá. La mitad de las niñas son rubias, pero todas tienen el pelo largo. Ese año me teñí el pelo negro por primera vez y desde los 13 lo llevaba corto como hombre. No sólo me sentía diferente, quería verme diferente. Estamos en una clase más libre y personal; todas sentadas en círculo y la profesora moderando. “Es que sentimos que te alejas mucho”, dice una compañera. No contesto nada. “¿Te caemos bien siquiera?”, pregunta otra. “No son mi tipo de persona, quizás son simpáticas, pero no me junto con gente como ustedes”, les digo.

Tengo 29 años. Estamos en una reunión que responde a la Metodología Ágil y se llama Retrospectiva. Mi equipo está compuesto por 8 mujeres, Cele lidera y facilita distintas actividades para que analicemos nuestro desempeño, oportunidades y problemas. Llegamos a una que se llama “elogios y mejoras”; cada una debe escribir una carta que los contenga. Cele lee las notas en voz alta. “Kita: eres muy inteligente, pero podrías conversar más con el equipo”, “Kita: eres seca, no tengas miedo de compartir, estás en un espacio seguro”, “Kita: admiro tu concentración, pero cuéntanos si te pasa algo, la mayoría del tiempo pareces enojada”. No contesto nada. Llevamos 3 horas en esa reunión y siento que mi persona se agotó. Déjà vu. Pienso: “al menos no se han dado cuenta de que estoy enferma, creen que es una opción no socializar”.

Tengo ansiedad social. No soy tímida.

Esas son dos frases que me ayudaron a entender y definir lo que me pasaba.

Esta introducción la escribí hace 10 meses. Sabía que era un tema importante, que iba más allá de mí, porque recién había descubierto que tenía un nombre: ansiedad social. Pero algo pasó que me dejó sin poder seguir: ¿cómo escribo sobre algo tan importante sin tener una solución? ¿Cuál iba a ser la gran conclusión?

Porque cuando empecé a escribirlo me sentía en crisis. Todo esto lo cuento desde la ignorancia, por cierto, no he ido a verlo con un especialista ni conozco los términos correctos para expresarlo, es sólo mi experiencia: para mí fue una crisis, porque me angustiaba y no me permitía interactuar con mi entorno de forma normal.

Es difícil de explicar, así que haré una lista de las cosas que recuerdo:

  • Las interacciones sociales me parecían una agresión cuando eran sorpresivas. Hay ciertas cosas rutinarias que podía esperar, como tener que saludar al llegar a la oficina o despedirme al salir. Cuando alguien me tocaba el hombro mientras tenía audífonos puestos y estaba concentrada en otras cosas, me sentía agredida. No estaba con la mente en el “papel” de persona que debía tener, no me sentía “sociable”. A veces era por temas de trabajo y me sentía un poco mejor. Cuando era para “conversar”, no tenía idea cómo contestar; no estaba lista.
  • Esto aún me pasa y creo entenderlo un poco mejor: las interacciones con un propósito son más llevaderas. Si nos reunimos a hablar sobre el futuro, o sobre un proyecto, o sobre una ruptura; ok, sé a lo que voy. Si se trata de “small talk”, me preguntan en un ascensor “¿cómo estuvo el finde?”, nunca sé qué responder. O sea, luego de observación entendí que un “bien, descansé harto” funciona e, incluso mejor, devolver la pregunta; “bien, ¿y el tuyo?”. La persona que inicia una conversación lo hace porque quiere decir algo, más que escuchar. Antes de pensar tanto en esto, no entendía qué contestar, en qué nivel se responde. Me ponía a pensar en qué había hecho específicamente y eso hacía una pausa incómoda. Nunca estaba lista para relatar qué había pasado, pero ahora entiendo que no es necesario.
  • Cada vez que vivía una interacción rara, me quedaba pensando todo el día en ella, asumiendo que me definiría de ahora en adelante, tipo “dije ‘gracias, tú también’ cuando me dijeron ‘disfrute su película’”, era algo que me podía obsesionar para siempre. Pensaba que mi persona estaba definida por la última interacción que tuve con el mundo exterior.
  • Me sentía un alien estudiando la raza humana. Siempre he sido una persona reflexiva y analítica, porque quiero ser mejor y porque es parte de lo que soy, no puedo apagar mi cabeza ni quedarme sin saber por qué pasan las cosas. En este período, me sentí más ajena que nunca. No podía dejar de analizar las “rutinas”, los saludos, las respuestas, los “bien gracias”, “qué hiciste el finde”, “ten un buen finde”, “feliz cumpleaños”, “pasa tú primero”, ¿por qué? ¿Por qué tengo que subir primero al ascensor? ¿Por qué tengo que aceptar que me abras la puerta? ¿Por qué por ser mujer todos se vuelven “caballeros”?

Sé que hay formas de continuar, meterse en la “rutina social” es lo más fácil, contestar con esas respuestas que todos dan sin pensar mucho; en ese período, se me olvidaron todas las respuestas. Vivía con ansiedad de tener que responder algo que todos sabían y yo no. “Bien, ¿y tú?”. Eso era todo, pero no podía hacerlo. Me congelaba, respondía fuera de la norma y luego me quedaba pensando en eso todo el día y reclamándome a mí misma por no ser más normal. Deja que te abran la puerta, por la chucha, no todo puede ser una declaración de tu feminismo, en especial si te hace mal.

Ahora mismo no sé si esto le hará sentido a alguien más que a mí, se siente como un desahogo y pensar que no lo voy a publicar es lo único que me ayuda a seguir. ¿Estoy exponiendo mucho? ¿Van a pensar que estoy loca? ¿Es esto algo que Sheldon Cooper escribiría? Odio a Sheldon Cooper, mostrar empatía no es tan difícil.

Han pasado 10 meses y puedo decir que estoy mejor. No al 100%, siento que esto es algo que nunca me va a dejar, pero sí me siento funcional y menos angustiada. La empatía me salvó, conversar también.

Porque aunque no publiqué esto en mi peor momento, sí lo conversé en cada ocasión que tuve. No sólo apliqué empatía hacia otras personas, lo hice hacia mí misma, dándole la oportunidad a otros de entenderme. Cuando había un silencio que a mi parecer era incómodo, sacaba el tema: “creo que tengo ansiedad social, ¿te ha pasado?”. Poner el tema en la mesa me relajaba. Esta persona sabe por lo que estoy pasando, no me va a exigir tanto.

Ahí me di cuenta que muchas veces me respondían: “sí, a veces me siento así”. Algunos exactamente igual, otros en menor medida, pero era algo con lo que se podían identificar. Y entonces, pasó algo hermoso: me di cuenta que las relaciones se construyen de muchos aspectos, no sólo la última interacción que tuviste. Las personas te asimilan como un todo, donde va tu personalidad, tu forma de expresarte, las cosas que haces por ellos, cómo recibes las cosas que hacen por ti, etc, etc. Muchas, muchas cosas, que hacen que ese desliz medio extraño que pudiste tener no sea lo único que te define. Puedes tener malos días, puedes estar más callado y nadie va a decir “wow, qué antisocial”. Puedes levantarte y tener días mejores, y no le estás mintiendo a nadie. La gente tiene matices, no eres un personaje, no eres el mismo siempre.

Hay que respirar y entender que tratamos con personas como nosotros, que pueden estar comiéndose la cabeza por dentro pensando en que esa interacción es difícil de tener, igual que nosotros. No tenemos el monopolio de la ansiedad, esta se presenta en todos de diferentes formas, la social es sólo una de ellas.

Aún hay veces en que tengo problemas y siento que me traslado a tener 7, 10, 12 o 17 años, estar frente a un montón de gente esperando algo de mí que no puedo dar; viene la angustia, la hiperventilación, el corazón acelerador, la sensación de miedo y ahogo. Me toma unas respiraciones profundas y repetirme “he pasado por cosas peores y sigo aquí” para poder volver a mí, esta mujer de 30 años que sigue de pie e intentando mejorar.

Porque al final, todo lo que puedo (y podemos) hacer es entender lo que nos pasa, conversarlo e intentar ser mejores.

Esto no es lo peor del mundo y le pasa a muchas personas. Acá está mi experiencia y sólo quiero decir: se puede sobrevivir y ser feliz.