¿Han leído sobre el “Síndrome del impostor”? Como no me pueden responder mientras escribo esto, voy a asumir que no (o que “sí”, pero igual quieren leer una breve descripción y recordatorio). Se trata de una inseguridad tan profunda, que aflora haciendo creer a la persona que es una impostora, pese a todo lo que ha logrado, generalmente en un ámbito laboral. Es la constante sensación de que cada éxito es por suerte, o porque se consiguió “engañar” a alguien más y persiste el miedo de ser descubierta y puesta en evidencia.

Existen muchos artículos al respecto si quieren leer más del tema. En general, se ha descubierto que el síndrome se presenta más en mujeres que consiguen éxito, por los factores que pueden imaginarse: que nos educan para ser humildes y pasivas, que la falta de mujeres en varios rubros nos causa más inseguridad y el ser constantemente cuestionadas.

Ya que no soy experta en el tema y se han escrito mucho mejores artículos de lo que yo podría hacer, quería contarles mi experiencia. Porque creo que todos debemos tenerlo en mayor o menor medida y yo pensé que en mi caso, era manejable. De hecho, era útil, porque me mantenía con los pies en la tierra y con ganas de seguir aprendiendo, así no se me iban los humos a la cabeza. Y sigo pensando así, pero también dándome cuenta de todas las cosas que día a día este síndrome nos puede impedir hacer.

Por si no tienen idea quién soy, estudié Publicidad. Entré a la carrera por el aspecto creativo y porque me interesa la comunicación. Siempre me ha gustado escribir, sobre todo, así que tenía sentido buscar el aspecto lucrativo de la redacción. Sin embargo, cuando salí de la universidad, el rubro estaba algo copado y vi una oportunidad de entrar fácil a trabajar: el Community Management. Así que entré a eso y no me metí oficialmente al área creativa hasta mucho después.

El año pasado tomé una decisión: irme a Toronto. La agencia en la que trabajo tiene varias sedes en distintos países y Canadá es uno de ellos, así que hablé con mi jefe para ver la posibilidad de transferirme allá. Me dijo que por supuesto que sí, que era tan buena profesional que ellos felices de recomendarme, que habláramos con el Director Creativo Regional.

Hablamos con él, me dijo que por supuesto que sí, que tenía tanto potencial que le parecía maravilloso que fuera a probarme afuera y seguro me encontraban un lugar, que le enviara mi portafolio y currículum.

No tenía ni mi portafolio ni mi currículum hecho, así que era cosa de armar esos archivos y enviarlos, para empezar mi aventura.

Entré en pánico. Sólo pensar en qué poner en mi currículum, cómo venderme, cómo decir “soy buena en esto, no se van a arrepentir” me hacía doler el estómago, con esa sensación de adrenalina que no tiene a dónde ir, porque no es que me vaya a agarrar a combos con el computador para que suelte un buen CV. ¿Qué cresta podía poner en el portafolio, si no había hecho nada? Todos mis “proyectos” eran trabajos colectivos donde cada vez que quería escribir una descripción en Behance, empezaba a minimizar mi participación.

Sí, hice una webserie de tres temporadas, pero, ¿qué hice YO? Saqué la idea, pero con dos personas más. Escribí guiones, pero eso fue sacar ideas y corregirle faltas de ortografía a las verdaderas guionistas. O sea, igual escribí algunas escenas… Y acá estoy justificándome de nuevo, porque el rol de todos es muy claro y el mío me parece tan difuso. Tan “reemplazable”.

Me demoré seis meses en enviar ese portafolio y currículum, porque no era capaz de escribir sobre mí. Si me hubieran pedido una recomendación de alguien más, por ejemplo de mi dupla, que ha hecho lo mismo que yo estos últimos tres años, me habría demorado un par de horas y la habría descrito como una genia capaz de hacer todo lo que se le pida, entregando siempre más de lo necesario (y de verdad ella es así). Pero, ¿yo? Nada, soy una impostora. Sólo una mentirosa esperando que la descubran.

Todo lo que he hecho ha sido por suerte. Llegué a una buena agencia, donde logré encantar a un par de personas que después tuvieron la idea de hacerme Supervisora Creativa, porque les hice creer que soy buena líder, cuando todo el tiempo estoy nerviosa de hablar en público. Cada vez que presento, me transpiran las manos y me duele el estómago, pero nadie se da cuenta. Salimos de reuniones y me dicen: “qué bien hablaste, todo muy claro, preciso”, y yo pienso: “uuf, me salvé una vez más, no se dieron cuenta”.

Creo que es porque miramos a la gente exitosa, la admiramos y pensamos que todo es perfecto. Yo admiro mucho a mi jefa, que llegó a ser Vice Presidenta de la agencia después de haber entrado como Community Manager hace cinco años. La miro y pienso que se le da fácil hablar en público, que está en su naturaleza hacer todo perfecto, que nunca se confunde ni tiene inseguridades, que nació para ser líder.

Ella también tiene el Síndrome del impostor. Lo hemos conversado mucho. De hecho, por ella lo descubrí.

Me demoré seis meses, seis meses enteros procrastinando, pero sintiendo que debería estar haciendo el portafolio y el currículum. Abría los archivos, me frustraba y los volvía a cerrar. Me ofrecían ayuda y yo la rechazaba, porque me daba vergüenza que me vieran fallar. En mi cabeza, la gente a mi alrededor tiene una imagen de mí que he construido a lo largo del tiempo. Soy un personaje que se muestra mucho mejor de lo que realmente es, así que, si me ven en apuros o pasándolo mal, se romperá esa ilusión y claramente se van a decepcionar. Así que no, no pude pedir ayuda.

Bueno, la verdad es que sí lo hice, pero me demoré mucho. Estuve meses sufriendo sola hasta que pude aceptar apoyo y entender que era inseguridad lo que me detenía. Al final pensé en que todo el mundo hace currículums y portafolios, ¿cómo yo no iba a poder?

Un día me escapé del trabajo y me fui a un café a obligarme a hacerlo (súper buena trabajadora). Parte de esta historia es que le pedí una carta de recomendación al gerente y me dijo: “¡Claro! Escríbela y yo la firmo”. ¿Y cómo chucha escribe una su propia carta de recomendación cuando piensa que es una perdedora encubierta?

Hace unos párrafos atrás hice hincapié en los halagos del Gerente y Director Creativo Regional para que se dieran cuenta que no es un tema de falta de reconocimiento. No soy la pobrecita que nadie la pesca y no sabe que es bacán, soy la hueona que todo el día le dicen que es buena y se va a la casa pensando que lo dicen por cortesía.

Volviendo a ese día decisivo: me temblaban las manos, tanto por el café que acababa de tomar para darme ánimos como por los nervios de estar escribiendo “me encanta la redacción creativa con un enfoque estratégico” (en inglés, más encima). Cada frase era seguida de “hueón, para de darte color” y tenía que callar esa voz en mi cabeza. Me demoré una hora, después de patearlo por seis meses. Y me obligué a mandárselo a las personas más cercanas a mí para que me dieran su opinión. Les encantó. Mi jefa me escribió: “te refleja súper bien”.

Lo envié a Toronto y no tuve respuesta, así que toda la inseguridad volvió. Obvio que lo encontraron pésimo y no me querían en su agencia, porque acá en Chile es fácil engañar a la gente, pero allá afuera es distinto.

Pasé unas semanas cuestionándome de nuevo, y ahora con mucho más material. Nos iba bien en las reuniones acá, seguía estando en un buen ambiente, pero apenas el cliente decía: “podríamos cambiar una palabra en este texto”, yo me echaba a morir y empezaba a preguntarme si mejor me dedicaba a la peluquería. Aunque mejor no, porque en verdad no tengo idea de teñir pelo, sólo sé teñir el mío e iba a dejarle la cagá a todo el mundo en la cabeza. Obvio que mi pelo queda bien por pura suerte. Ojalá nadie se dé cuenta de que soy un fraude de la tintura.

Y pasó algo inesperado: el Director Creativo Regional decidió enviarme a nuestra sede en Chicago para darme la oportunidad de mostrarme en la región, con miras a irme al extranjero (alabado sea DCR). Fue un martes y el sábado estaba arriba de un avión con miedo a que me deportaran en el aeropuerto. Afortunadamente me enviaron con Xime, mi dupla de la que escribí más arriba, y eso me dio algo de confianza, porque ella es tan buena en lo que hace que a mí por asociación me encuentran buena también. Gracias por todo, Xime. Gracias por tanto.

(Y Xime también tiene este síndrome, LOL).

El primer día nos dieron un concepto y camino creativo para el que necesitaban ideas. No sé si están familiarizados con las agencias de publicidad, pero digamos que acá nunca hay tiempo ni equipo para nada. Allá nos dieron dos días enteros para trabajar sólo en esto y habían diez personas más trabajando en lo mismo. Eso sólo logró intimidarnos.

Sacamos varias ideas, estando muy nerviosas. Queríamos que alguien nos revisara, que nos dijera que íbamos por buen camino, que nos tomara de la mano para poder escondernos en un “X nos dijo que estábamos bien, es su culpa” cuando todo estuviera mal. El problema es que nadie tenía tiempo para eso y a nosotras nos veían como seniors (¿lo seremos con cinco años de experiencia? No sé, en nuestra cabeza seguimos siendo prácticas), así que todos nos decían: “pero si lo vemos el miércoles”. EL MIÉRCOLES ERA MUY TARDE.

El segundo día seguimos nerviosas. Nos cambiaron el concepto en la mañana, así que la mayoría de las ideas que trabajamos el día anterior quedaron inutilizadas. Tratamos de explicarlas de todas maneras para ver si “íbamos bien” al menos y nos dijeron: “sorry, we’re late for another meeting, let’s check that tomorrow!”. PERO TOMORROW WILL BE TOO LATE, LISA.

Trabajamos todo el día. Seguimos en el hotel. Eran las 10 de la noche, pero la 1 de la mañana en Chile y yo no paraba de cabecear sentada en la cama. Le dije a la Xime que sorry, que me levantaba más temprano a ver si se me ocurrían otras cosas. Me desperté a las 5:30 a escribir porquerías. La verdad, no saqué mucho a esa hora, pero sí revisé lo que llevábamos y tuve un atisbo de: hueón, igual bien. No somos pésimas.

Llegamos temprano a la agencia a imprimir nuestros boards de ideas. En la reunión, la gente las pegaba en la pared y tenía que explicarlas.

Nosotras sabíamos que estábamos trabajando con gente seca. Uno era un Director Creativo con 50 premios Cannes y la otra, una Directora Creativa freelance considerada la cuarta creativa más importante en un ranking de Forbes. Estábamos nerviosas con razón y eso fue antes de que viéramos a una tercera persona en la reunión, una tal “Liz” que se presentó con mucha simpleza, pero se notaba importante. Ella dijo tener sólo media hora para revisar, así que “chop, chop”.

El primer redactor se levantó a hablar. Tuvo cinco minutos para contar sus seis ideas y no le dijeron mucho, así que pensé que ése era el sistema. Nosotras llevábamos once boards con once ideas, porque ése es el tipo de personas que somos. Contamos la primera y Liz detuvo todo: ¡ésa es una muy buena idea, tiene mucho potencial!

Fue así con la mitad de las ideas, nos cortaba las explicaciones para decir que le encantaba, que podríamos mejorarlas de tal o cual forma. Se gastó veinte de sus treinta minutos en nosotras, nos felicitó y nos dio las gracias. Quedaron cinco minutos para la siguiente dupla (sorry, dudes).

Nos fuimos felices a nuestros puestos sólo para googlear a Liz y darnos cuenta de que era la jefa de los otros dos directores bacanes que nos intimidaban. SU JEFA NOS FELICITÓ.

Esto ya está bastante largo así que no voy a ahondar tanto más en los detalles del viaje, pero fueron muchas más felicitaciones, mails a nuestros jefes en Chile hablando bien de nosotras, nos pidieron los portafolios porque necesitan más gente así en Chicago y nos pidieron volver para otro proyecto en Marzo.

Y ahí dije: hueón, sí, soy buena publicista. Soy buena creativa y soy buena redactora. Lo dijo gente bacán que trabaja en un país donde el rubro es mucho más competitivo y se encuentra mejor desarrollado. ¿Qué más dudas puedo tener? ¿Cuánto más me pueden reafirmar?

Bueno, parte de mí sigue pensando en que son personas muy amables y lo dijeron por cortesía, pero ya entiendo que el problema de inseguridad es mío y tengo que trabajarlo. Cuesta mucho y basta una experiencia o comentario negativo para echar abajo montones de cosas positivas, así que es difícil. Y hay que seguir adelante, conscientes de que nuestros logros son NUESTROS. Nunca hay que desconocer la ayuda de los demás, pero sí pensar en algo: no nos ayudarían si no vieran potencial en nosotros. Mi jefa me ha ayudado desde que me conoció en la práctica y eso alimentó mi síndrome, de que le caí bien y por eso me ha dado estas oportunidades; sin embargo, sé que lo ha hecho porque piensa que soy buena y obvio que me lo repite siempre.

Y ya llegando al final de este post, quiero confesar que hasta escribir esto me costó, de que pensé que el final iba a ser muy altanero y coloriento. Creí que podría quedar como “Ay, pobrecita de mí que soy bacán, pero insegura”. Lo escribí igual porque sé que hay muchas personas que sufren de lo mismo.

Así que a todos los impostores allá afuera: pucha, ojalá no los descubran nunca.

No, mentira: ¡SUS LOGROS SON SUYOS! La suerte puede jugar un rol si quieren, otras personas pueden favorecerlos, pero aún así, incluso reconocer y aprovechar las oportunidades tiene mérito en sí mismo.

Todo lo que han conseguido es porque se lo merecen.

Y les dejo un abrazo 💜.